Tengo una amiga de casi mi edad que decidió un buen día no tener pareja. No es que padezca ninguna enfermedad ni haya optado por hacerse célibe por motivos religiosos: sencillamente cree que no lo merece.
De joven se sometió a un matrimonio de conveniencia para favorecer a su familia (sí, en Cuba también pasa). Sin pensarlo mucho intercambió fluidos y parió un hijo. Para su fortuna fue un varón. Eso le permitió cerrar el vínculo carnal sin más intentos.
Por entonces ya nos conocíamos y le ayudé a calcular sus fechas de ovulación. Luego del parto (bastante traumático) sufrió una aguda dispareunia: perfecta justificación para no permitir otros avances nunca más.
Como era de esperar, el marido buscó amantes. Al principio eran discretas, así que mi amiga seguía atada moralmente. Al fin, una piruja se atrevió a desafiarla y la agraviada pidió el divorcio. Ella se quedó con la casa y la pastelería; él reclamó el carro (un almendrón del suegro) y manipuló al hijo para que lo eligiera como tutor. Al enterarse, ella suspiró, filosófica, y sólo dijo: De acuerdo.
Le sugerí que lo pensara bien antes de firmar: si ese momento estaba emocionalmente bloqueada no mediría consecuencias. Sin embargo, tomó la ingratitud del chiquillo como el precio de su libertad y ella misma organizó el traslado de sus ropas y juguetes a la casa paterna.
Su maternidad no fue deseada, pero tampoco un calvario, así que pronto extrañó al chico y hasta al exmarido con su rutinaria indiferencia. Para superar esa sensación se sumó a cursos online de yoga, emprendió la remodelación del negocio y creó oportunidades para chicas que se iniciaban en esa bella rama de la culinaria, que tiene mucho de arte y amor.
Con el tiempo se acostumbró a esa nueva soledad creativa, y en una noche de café con amigas decretó que no se enamoraría nunca. ¡Ni que ese tipo de decisión estuviera realmente al alcance de nosotros, los seres humanos!
En paralelo, un amigo me había pedido que le pusiera una piedra con la susodicha (qué expresión tan arcaica, jeje). Le gustaba de verla en las redes, pero no se decidía a abordarla porque estaba al tanto de su amargo pasado y pensó que con mi ayuda le sería más fácil cerrar esa brecha.
¿Un tímido y una confesa asexual? Esa era una apuesta en la que no confiaba, con todo y mi pasión por el celestinaje. Además, no creí que él fuera buen trigo para el molino de la doña porque es bastante pusilánime, pero no podía quitársele el mérito del buen ver, y en la vida nunca se sabe
Un sábado coincidieron en un taller de Senti2Cuba y propicié el acercamiento para que se conocieran mejor. A la noche, ella me escribió: Fulano es interesante, pero no quiero pareja. Ya no lo merezco. El mensaje de él era lo opuesto: Gracias por la oportunidad. ¡Cada vez me gusta más!.
Mi decisión fue no contestar a ninguno de los dos. Después de todo, ambos eran adultos y muy conscientes de sus propios demonios, así que no tenía sentido inmiscuirme en su progreso o estancamiento. Ya me enteraría del resultado
Luego de un par de meses llegó la confirmación: ni él se lanzó a fondo por miedo al rechazo ni ella superaba la culpa de haber “arruinado a propósito” su vida familiar, así que no se permitiría darle entrada a otro hombre así no más.
Dos años después tuvo un escarceo con un divorciado que solía comprar dulces para sus hijos. Con ese logró llegar a algo físico y funcionó sin dolor. Al menos aceptó que no estaba muerta y que el sexo podía ser divertido y bueno para la autoestima de una cuarentona como ella… pero no se dio permiso para avanzar por temor ser mal juzgada por su hijo o su exsuegra, se justificaba.
Hace poco me escribió de nuevo. Siguiendo a su familia se mudó a Canarias y allí se reencontró con una amiga de la infancia. Según cuenta, se acercaron mucho. Demasiado, reconoció en medias palabras…
Ahora que se conoce mejor y está lejos de su antigua familia política pudiera ser feliz, pero no se atreve. ¿Por qué causas? Las mismas de siempre: culpa del pasado, culpa del presente, y sobre todo miedo a ser ella misma y vivir su sexualidad abiertamente porque no fue eso lo que aprendieron en su infancia.
¿Cuántas mujeres no tienen historias parecidas? No hace falta buscar con mucho ahínco: sólo miren a su alrededor con más atención y lo sabrán.

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