A mí me gustan los hombres gorditos. ¿Qué hay de malo en eso? De hecho, conozco muchas mujeres que comparten ese gusto, y no porque esos tipos tengan otras ventajas de valor agregado (como dinero y transporte), sino porque el físico les atrae en serio, además de su carácter, olor, voz, talentos, sentido del humor y sobre todo su modo de ser con ellas.
Ya lo conté antes: he tenido parejas desde la 28 hasta la 48, y como yo misma he cambiado de talla con bastante frecuencia, es un placer gustar a otros sin importar el perímetro de la cintura del medio. (Aclaro esto porque tenemos otras dos, anatómicamente hablando: la cintura escapular, a la altura de los hombros, y la pelviana, a la altura de las caderas. Es algo que aprendí hace poco, gracias al profesorado de la Sri Sri Yoga School, en la Fundación El Arte de Vivir.
No es que el volumen sea un requisito per se ni que repudie a nadie de figura quijotesca. El tema es que le tengo manía a apapuchar y apretar por sorpresa, y por una cuestión de mera practicidad me atrae la gente con un índice corporal similar al mío: así no corro riesgos en un abrazo impulsivo.
Haciendo memoria, he tenido casi tantos huesos como masas en mi menú amoroso durante estas cinco décadas, y hasta varios modelos de excelsa figura musculosa. (Tal vez debería escribir habichuelas, coles y zanahorias, para ser coherente con mi elección alimenticia). El asunto no es cuántos, sino cuándo llegó cada uno: mientras más fue añejando mi rutina erótica, más preferencias mostré por recipientes amplios, que garanticen firmeza en cualquier travesura.
En general, el físico no es lo primero que me atrae de nadie, pero tampoco lo ignoro como elemento de juicio. No me gusta la gente desproporcionada (con más torso que piernas o con brazos de liana, por ejemplo), y sobre todo me crispan esos másculos desposeídos de sentaderas, como si sus isquiones estuvieran incrustados en la espalda y los muslos salieran de la última costilla. ¡Brrr!
Esos también tienen admiradoras, incluso fanes, y me parece muy bien. Sólo no son mi prototipo, por decirlo de algún modo, porque con una pareja así me privaría del delicioso deporte doméstico de darle nalgadas cuando le pase cerca.
De joven prefería a los novios bien delgados y normalitos. Aunque yo fuera una criollita de Wilson, los tipos muy atractivos me resultaban incómodos… tal vez porque el segundo novio de adolescencia era tan apuesto que mi mamá competía conmigo para andar de su brazo en la calle, o porque entonces sí me molestaba cuando miraban otras chicas… una inseguridad que curé pronto, gracias a pretendientes igual de postalitas que desarrollaron en mí cierto poder exhibicionista.
De todas formas, prefería los románticos esperpentos manuables. Cuando mi primer esposo bebía (casi siempre por compromiso laboral y después de una jornada intensa de papeleo) se dormía sin remedio al cuarto trago y ahí estaba yo para sacarlo de la fiesta con disimulo, literalmente montado en mi cadera.
A los ojos de los demás éramos una pareja muy cariñosa, digna de envidia, pero su chofer sí conocía el trasfondo de la jugada y se prestaba para la complicidad. Malo era cuando yo no estaba y le tocaba a él tomar por la cintura al jefe y sustraerlo del bochorno cansón de la diplomacia.
Con los gorditos no es tan fácil esa maniobra, pero en cambio hay otras super disfrutables. Natura fue generosa con todas mis articulaciones, haciéndolas hiperflexibles, y esa peculiaridad es un gran lujo para ser atrevida, tanto en el yoga como en el sexo.
Claro que gordito no significa fofito: si yo puedo llevar mis pies a postura de arado, mariposa o bebé satisfecho, y puedo encaramarme en su regazo al estilo de una paloma dormida, lo menos que espero es firmeza en sus brazos y disposición a resistir (y devolver) cualquier embate.
Por cierto, en estos días mi Jojo retomó sus ejercicios isométricos matutinos y vespertinos, con ropita ligera y abundante sudor. ¿Será que está insinuando algo…? ¡Ya les contaré!

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