Hace unos días leí que hay una edad mágica: esa en la que tus hijos son pequeños y los puedes disfrutar, pero eres lo suficientemente joven como para tener a tus padres contigo, su cariño y apoyo.
Somos bienaventurados, es cierto, quienes, inmersos en el arduo trabajo de criar, podemos a la vez ser hijos todavía: que nuestros padres puedan echarnos una mano al recoger a los niños, al cuidarlos, que nos cocinen la comida favorita, o que limpien esas partes de la casa que siempre pasamos por alto en la sobrevivencia cotidiana.
Incluso cuando no están en la misma ciudad, o país siquiera, si se ha forjado una sólida relación de familia, basada en el amor y el respeto, las madres y padres, devenidos abuelas y abuelos, son un sostén donde buscar consuelo, consejo y paz.
Por adultos y responsables que seamos, la casa de mami y papi será siempre ese paraíso terrenal donde relajarse, donde nos miman como cuando éramos pequeños, y donde –no importa la edad que se tenga–se será siempre “la niña” o “el niño”.
La casa de mis padres es, para mí, el café de las cuatro de la tarde, el arroz con pollo (que por mucho que me esfuerce, jamás me queda igual), los dulces caseros de fin de año, la máquina de coser, la radio, el mar, los libros, el parte meteorológico, la novela, las fotos en blanco y negro…
En el hogar donde hemos crecido, que no se circunscribe a un espacio físico, se resume toda la vida y la historia de quienes fuimos antes de tener hijos propios. La infancia es un tesoro al que obligatoriamente acudimos cuando comenzamos a criar, para repetir, mejorar, cambiar. Cada recuerdo se convierte en riqueza y herramienta.
En una realidad cada vez más atomizada, es muy valioso que los niños puedan asomarse a lo que fue la niñez de sus padres, que pasen tiempo con sus abuelos, que puedan aprender de una relación intergeneracional sostenida en el amor.
Eso es también construir una red de apoyo: porque cuando estamos cerca de nuestros padres nos sentimos abrazados, y porque les regalamos a los hijos más adultos significativos en sus vidas, por los cuales ser queridos y de quienes aprender.
Si algún deseo tengo, es que mi hija y mi hijo, en el futuro, encuentren en mi casa nostalgia de la buena, porque hayan vivido años cargados de amor, de aprendizajes, de la reafirmación de su valía. No tengo miedo de que busquen su propio camino, solo me gustaría que añoraran mucho volver.
Mientras tenga vida habrá un regazo donde puedan hallar admiración y cariño. ¿Qué cosas recordarán, los picnics, la raspa de arroz, la galería de dibujos, el perro, los cuentos antes de dormir? Cada día, hijos aún, estamos formando el hogar que algún día esos pequeños guardarán en su alma.
La casa de mamá y papá
Por adultos y responsables que seamos, la casa de mami y papi será siempre ese paraíso terrenal donde relajarse, donde nos miman como cuando éramos pequeños, y donde –no importa la edad que se tenga– se será siempre “la niña” o “el niño”...
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10/01/2026
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