Amanecimos con corriente, ¡cosa extraña! Y, enseguida, detrás del desayuno, cocinamos el almuerzo. Fue como si nos quitáramos un gran peso de encima. Todo estaría hecho con comodidad. Luego, solo calentar.
A la par vino lo de todos los domingos: poner la lavadora (se podía), limpiar lo sucio, ordenar la ropa y los juguetes… Fue tal la eficiencia impulsada por la energía eléctrica, que a media mañana no quedaban tareas por hacer.
Solo entonces miré el móvil, al que había llegado un breve destello de conexión a internet. Un grupo de Whatsapp de los antiguos alumnos de la secundaria, hace mucho inactivo, tenía un mensaje. Un compañero de entonces se había colgado esa madrugada.
Hacía 21 años que no lo veía, pero puedo reeditar en mi mente, como si fuera hoy, la última vez. Fue un día también caluroso de julio, en la fiesta de fin de curso de 9no grado. Yo lo recuerdo riendo. Y recuerdo claramente su rostro de adolescente. No imagino cómo lució de grande. Las más de dos décadas han pasado para todos.
Después los caminos de la vida nos separaron, distintas escuelas, ciudades, países. No supe más de él, absolutamente nada. Ese domingo primero sentí estupor, luego tristeza por aquel muchacho para quien a los 15 años las cosas ya no eran fáciles – lo entiendo a la luz del hoy– e, incluso, hasta molestia (irracional, pero verdadera): ¿cómo renuncia alguien a los años que tiene por delante justo a la altura de los 35, cuando una se empieza a preguntar ya con timidez si le dará tiempo a cumplir todo cuanto ha soñado?
El domingo siguió. Almorzamos. La corriente se fue en el mismo inicio de la final del mundial de fútbol. Un vecino que tiene planta puso el televisor en el portal y se reunió allí el barrio en pleno. Perdió Argentina. Los niños se bañaron en el aguacero dos veces. Lavaron la bicicleta. Regaron las plantas.
Luego hubo baño de verdad, con jabón, y comimos a oscuras, conversamos, nos fuimos a dormir.
Vivir es esa sucesión de rutinas, salpicada por algunos hechos excepcionales. Y hay periodos luminosos y periodos muy oscuros. No todos llegamos a esos escenarios con iguales fortalezas, condiciones, apoyo o ganas de seguir.
En eso he pensado desde el domingo, en el rostro de mi amigo adolescente, y en lo que pudo pasar para que finalmente el hombre en quien se convirtió tomara una decisión tan drástica al amanecer de aquel día; en quién o qué le faltó. Y también he pensado que no me pertenece el derecho de juzgar.
El suicidio sigue siendo un tabú, una palabra que susurramos, que no queremos escribir. Pero está ahí. No hay soluciones fáciles, pero mirar atentos a quienes nos rodean, a lo que no dicen, pero se nota; tender la mano, mandar un mensaje; no empequeñecer el dolor de nadie, pueden ser buenos primeros pasos.
La salud mental no es una cosa menor; menos hoy.

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