¿Qué la envidia es mala? Lo admito… pero es una emoción espontánea, y además se va pronto si no la alimentas con rencor ni baja autoestima: solo constatas su llegada, sonríes y la dejas estar para que se disuelva como ventisca en otoño.
No conozco a un solo ser humano inmune a esa baja pasión, aunque la disfracen de admiración con el apellido de "sana" para explicar ese impulso de desear un bien ajeno.
Sí, ya sé que suena a justificación pueril, pero en uno de los últimos martest de Senti2Cuba descubrí mi debilidad en cuanto a sentimientos que nos descolocan, y ciertamente es esa: me pongo medio amarilla si alguien exhibe algo que creo merecer y me resulta demasiado escurridizo.
Lo curioso es que no envidio nada inalcanzable, ni dones ajenos, ni siquiera posesiones mundanas. El mal bicho me pica sólo cuando sé que ese estado placentero también puede ser mío, si pongo voluntad suficiente para ello, o pago el precio de la constancia para mantenerlo, como hicieron esas bellas personas, super aplaudibles y merecedoras del bien.
O sea, lo que despierta esa penita sorda en el timo, justo al lado del miocardio, es mi propia incompetencia para labrarme el bien: pura desazón por lo que debió ser y no me esforcé lo suficiente en defenderlo, aún a sabiendas de que era bueno para mí y para otros.
Es dificil hablar de sentimientos con objetividad y mucho más aterrador lidiar con ello; por eso espero que no malinterpreten este babardeo abrileño sobre un tema tan escurridizo, ni me juzguen demasiado mal por ser honesta y derramar la bilis sin pudor.
Por si acaso, aclaro algo: en mi diccionario la envidia no es igual al celo, como he escuchado por ahí. Yo creo que celamos lo que asumimos como nuestro y tememos que otros lo codicien, mientras envidiamos lo que es de otro por mérito propio.
Según gente con tiempo y títulos para elucubrar sobre asuntos tan requetesubjetivos (no se pierdan la vetica resentida en esa frase), la envidia puede ser emulativa, inerte, agresiva y maliciosa. Huelga decir que todos pasamos por todas las variantes, según las circunstancias… Pero eso no importa: las emociones son como el chicle y puedes rumiarlas cuanto quieras, sólo no te las tragues ni intentes digerirlas, porque jamás serán parte de ti.
Para decirlo más bonito (como mis maestros de yoga), el secreto del desapego es no identificarte con las fluctuaciones de la mente porque ellas no son la esencia de tu ser. Sólo observa cuando aparecen, compadécete, deja ir el hallazgo y avanza: hay más tiempo que vida para disfrutar.
¿Y yo por qué hablo de estas cosas en el blog? Ay, esta cabecita mía que no logra enfocarse… ¡Ah, sí, ya me acuerdo! El detonante fue Senti2Cuba, pero no el mentado martest, sino un comentario casual de este domingo que estremeció esa veta mía de desear la fortuna ajena.
Resulta que una de nuestras parejas insignia estuvo este fin de semana en el Submarino amarillo, como suelen hacer a cada rato para despejar y re-enamorarse. Además de subir al grupo varias fotos y videos para derretirnos, el susodicho escribió sobre su esposa: “Ayer en el bar le comenté: Te ves una mujer feliz, radiante, alegre”.
¿Dije amarilla? ¡Qué va! La frase de Germán me puso a brincar en verde, rojo, morado y hasta naranja fosforescente. ¡¿Por qué mi gordo no me dice cosas así de bonitas, eh? ¿Por queeee?!!
No llevarme a tan relajante paseo lo perdono (yo también soy perezosa, y vivimos lejos del circuito cultural capitalino), pero añoro esos halagos a borbotones, esas miradas candentes y zalamerías más allá del wasap. Los tuve, los deseo, y los quiero ¡ya! ¡Ahora mismo! ¡Now! ¡Cueste lo que cueste!
Antes de que intenten justificar a mi ocupadísimo marido con la excusa de que llevamos casi diez años juntos, les cuento que Germán y Maru llevan 28 y el afecto entre ellos es tan evidente, apetecible y viscoso como la resina primaveral.
¡Yo quiero esoooo!!! Envidio esa capacidad de sustraerse de los problemas y hablar en primera y segunda persona, sin estar siempre pendientes de un plural que involucra familia, trabajo, sociedad, economía, redes sociales…
Y como lo quiero, lo doy primero, para merecer: “Jojo bello, echa pacá que te extraño muchísimo… Tráeme ya ese carapacho abrazable… Adoro tus bromas tanto como tu sazón… ¡Niño, suelta el teléfono y ponme asunto, que esta freidora ya está lista para hornear tus galletitas, por favor!!”.

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